En Semana Santa y después de 17 años de haberme olvidado (como muchas y muchos + el Gobierno) de nuestro bello Caribe, me enrumbé con destino a Cahuita y me inundé de imágenes, sentimientos y sensaciones inolvidables que la cámara no era capaz de captar...
¡Ahhhhh! y el viaje me quedó corto...
Estuve rodeada de magnificencias naturales dignas de todo mi aprecio y orgullo costarricense.
No soy una citadina creada en concreto al cien por cien, la vida me honró y me permitió bañarme en ríos y pozas, jugar en cafetales, montar a caballo, conocer de siembra en alguna finca y visitar trapiches o lecherías, pero ese contacto que tuve con la naturaleza en Cahuita no lo sentía hace rato...
Los cientos de especies de aves llegaban a cantar a la puerta de la cabina donde guarecimos de la lluvia, las flores parecían haber sido premiadas con más color, los animales (monos, ardillas, gecos, aves, lagartijas, arañas, sapos, hasta los zancudos y zopilotes) eran más felices, andaban y volaban con más libertad y fluidez...
En algún momento de mi viaje pensé en las palomas de la Plaza de la Cultura, las de la plaza de Correos, o las que andan mendigando comida por el mercado Borbón, esas que tienen las plumas engomadas, sucias, o ya casi no tienen plumas, esas que no pueden emprender un vuelo sin tropezar con edificios...
Todavía nuestro Caribe no está tan secuestrado por extranjeros y eso alegró mi espíritu. Quizá me faltó ver más negro y negra limonense. Me faltó más comida afro, pero no me quejo...
Nancita, Emma, Sei, Karla, Tania, Maritza, Shirley y Priscila. Gracias por compartir ese escenario en alguna medida.
Limón nos sigue esperando.

